(17/01/2008)
Michel Montignac cambió las dietas de toda la vida y rechazó el método
tradicional de adelgazamiento hipocalórico. Con su sistema según señala, no se
pasa hambre, sino que solo se prescinde de ciertos alimentos que fomentan el
aumento de peso.
La Dieta de Montignac se fundamenta en el índice glucémico de los alimentos que
se consumen, más que en su contenido calórico (energético), que no se considera
clave. Es decir que la elección de los alimentos al establecer un régimen de
adelgazamiento se condiciona por su contenido en glúcidos (azucares) ya que un
exceso de estas sustancias impediría al páncreas procesarlas y, por tanto, nos
provocaría un aumento de peso.
Esta dieta clasifica los alimentos en "buenos y malos". Los buenos
serían los que provocan una liberación pobre de glucosa en sangre, entre ellos
se recomiendan: pan integral, las verduras, la fruta fresca, la soja, los
cacahuetes, la mermelada sin azúcar, las legumbres, los lácteos, el zumo
natural, los cereales integrales o los guisantes.) y los "malos", que
provocan un fuerte aumento de glucosa, como los dulces y la bollería, el pan
blanco, las harinas y cereales refinados, las patatas, la miel, el maíz y la
maltosa (presente en la cerveza), y que son productos que deberíamos excluir de
nuestro régimen si padecemos obesidad.
Esta dieta puede ocasionar ciertos efectos secundarios como la excesiva rapidez
en la pérdida de peso, deficiencia de minerales, vitaminas y fibra, aumento del
ácido úrico y del colesterol, así como mal sabor de boca. Un desequilibrio
entre el aporte excesivo de proteínas e insuficiente de hidratos de carbono
puede ocasionar descalcificación ósea y daños renales por exceso de nitrógeno.
También pueden causar fatiga y mareos por falta de hidratos de carbono, ya que
la glucosa, un sustrato deficiente en estas dietas, es la fuente de energía
preferida por el organismo. El contenido proteico de esta dieta es superior al
doble de lo recomendado (entre un 10-15% de la energía que aporta la dieta debe
proceder de las proteínas), lo que puede suponer, además de una sobrecarga
renal, una ingestión insuficiente de otros nutrientes esenciales, y se pueden
aumentar los niveles de ácido úrico y pueden provocar ataques de gota en
personas con hiperuricemia (niveles de ácido úrico alto).