(03/03/2008)
La dieta de la Clínica Mayo ha sido famosa durante muchos años y a pesar del
nombre referente a la Clínica Mayo, esta institución no se identifica con este
régimen dietético. Consiste en seguir una dieta en la que los huevos son el
alimento principal de esta dieta, pudiendo comerse entre 4 y 6 diarios. Otros
alimentos que componen el menú son pescados, aves, carnes, verduras, frutas,
frutos secos y productos integrales. Todos ellos cocinados sin grasas. El té y
el café son las únicas bebidas autorizadas, y quedan excluidos los productos
lácteos, lo que reduce de manera importante la ingestión de calcio.
Esta dieta suele provocar un efecto rebote, caracterizado por una rápida
ganancia de peso, que se traduce en un aumento de masa grasa y pérdida de masa
muscular. Esto obedece a que el metabolismo se adapta a la disminución drástica
de la ingestión de energía mediante una disminución del gasto energético. Al
aportar pocas calorías, del orden de 1200 calorías diarias, el riesgo para la
salud es grande, ya que la grasa se quema muy rápido y pueden producirse
cuadros de acidosis (acidificación del pH de la sangre) y cetosis (presencia de
cuerpos cetónicos en sangre).
Dada la escasa oferta de alimentos que contiene suele considerarse monótona,
por lo que se abandona al poco tiempo, además de presentar numerosas
deficiencias en nutrientes, sobre todo si se prolongan por largos períodos de
tiempo.
La exclusión de leche y productos lácteos (queso, yogures, etc.) determina
deficiencias de calcio y, en consecuencia, riesgo de osteoporosis e
hipertensión.
Además, el contenido proteico de esta dieta es superior al doble de lo
recomendado (entre un 10-15% de la energía que aporta la dieta debe proceder de
las proteínas, debiendo combinarse proteínas de origen animal y vegetal), lo
que puede suponer, además de una sobrecarga renal, una ingestión insuficiente
de otros nutrientes esenciales.