Las grasas o lípidos constituyen el nutriente energético por excelencia. Los lípidos característicos son los triglicéridos, los fosfolípidos y el
colesterol. Su ingesta es imprescindible, aunque el exceso de su aporte, sobre todo de
grasa saturada (como ocurre en la alimentación habitual de los países
desarrollados), es perjudicial para la salud. Según el grado de insaturación (dobles enlaces) de estos ácidos grasos y la
longitud de su cadena (número de átomos de carbono), los ácidos grasos de la
alimentación presentarán diferentes propiedades:
Fuentes alimentarias de lípidos
En gran cantidad se encuentran en aceites, mantequillas y margarinas, pero
también se encuentran presentes en menor cantidad en alimentos como las carnes,
pescados grasos, lácteos, huevos y bollería.
Digestión, absorción y metabolismo
Para llevar a cabo su función las grasas deben digerirse, cuyo proceso se
inicia en el estómago por acción de las lipasas gástricas, pero realmente se
lleva a cabo en el duodeno donde se mezclan con las sales biliares formando
micelas y así pueden actuar las lipasas pancreáticas obteniéndose ácidos
grasos, mono y diglicéridos, fosfolípidos y colesterol libre. Los ácidos grasos
van a ser absorbidos en intestino y van a transportarse al hígado. Una vez en
sangre se pueden acumular como grasa de depósito o pueden ser usadas por
células.
Funciones
Necesidades energéticas de los lípidos
En una dieta equilibrada, el aporte energético de las grasas no debe superar
el 30% del VCT (Valor Calórico Total), es decir, aproximadamente unos 80 g. al
día. Se recomienda que se consuma en forma de grasa insaturada (aceite de oliva
y grasa del pescado) ya que aporta ácidos grasos esenciales y reducir al máximo
el consumo de grasa saturada (menos del 7% VCT) y ácidos grasos trans
(menos del 2%). La ingesta de colesterol no debe superar los 300 miligramos por
día. La influencia de las calorías totales y el tipo de ácido graso sobre el
perfil lipídico se resumen en la siguiente tabla: